En 1952, John
Wardrop, un analista de transporte inglés desarrolló dos principios
que desde esa fecha son usados para predecir el comportamiento
del tráfico en sistemas de transporte sujetos a congestión. El
primero de esos principios establece que el tiempo de viaje en
todas las rutas alternativas que conectan dos puntos tiende a
igualarse. Para el flujo de automóviles esto significa que si,
existiendo una arteria vieja y larga que conecta dos sitios de
la ciudad, una autoridad local decide reducir el tiempo de viaje
construyendo un segunda ruta más corta, el resultado será infructuoso
si la nueva vía no tiene una gran capacidad, porque a la larga
se congestionará tanto como la vía vieja. Para el caso de la movilización
de personas, este principio significaría que si la autoridad local
pretende reducir su tiempo de transporte construyendo un nuevo
sistema, por ejemplo Transmilenio, en un principio puede que lo
logre. Pero con el paso de los años muy probablemente el tiempo
promedio de viaje se incrementará y la calidad del servicio se
reducirá hasta igualarse a la del sistema de transporte viejo,
que para el caso de Bogotá es el servicio prestado por los buses
chatarra corrientes sujetos a la guerra del centavo. El problema
es que el nuevo sistema en un comienzo se hace tan atractivo que
arrastra un número muy grande de demanda que supera su capacidad,
siendo víctima de su propio éxito. En el caso de Transmilenio
basta ver las actuales congestiones en estaciones y buses que
retrasan el tiempo y calidad de desplazamiento para entender que
esto puede ya estar pasando. Y el futuro no es alentador si se
tiene en cuenta la cantidad de proyectos de vivienda y comercio
que se están desarrollando a lo largo de las troncales en uso
y de las proyectadas. El desarrollo de nuevas troncales como la
de Las Américas puede incluso agravar el problema de congestión
en troncales como la de la Caracas. Una solución, nada popular,
sería la de subir el precio del viaje para desalentar en algo
el uso de Transmilenio. Otra, quizá más democrática, sea la de
reducir el tiempo de viaje y mejorar la calidad del sistema de
buses corrientes o viejos, para hacerlo atractivo y quitarle presión
a Transmilenio. El programa de tarjetas electrónicas parece ser
un paso en esta dirección. Sin embargo, a la larga (y esto podría
ser más rápido de lo que se piensa) el servicio de Transmilenio
podría estar condenado a deteriorarse dado que no parece estar
en capacidad de desplazar los volúmenes de pasajeros que surgen
en una ciudad del tamaño de Bogotá. Quizá la única solución de
largo plazo al problema transporte siga siendo el metro. ¡Dios
ilumine a nuestros expertos del tránsito y del IDU!.
PD: Las estaciones de Transmilenio, siendo producto de una tecnología
liviana, no parecieran estar en capacidad de soportar el flujo
de pasajeros que se ve en la actualidad. ¡Y qué decir del pavimento
de las troncales!. Lo barato podría terminar costándonos muy caro.
Adolfo L. Cobo S.
Tel: 3430544, 6913832