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Por:
Andrés Carvajal
Cowles Foundation, Yale University
y
Departamento de Economia, Royal Holloway College, University of
London.
Agosto de 2004
Parece
haber una tendencia generalizada en las sociedades modernas en
torno a cómo se adelantan los diálogos acerca de la conveniencia
de un tratado de libre comercio (TLC) entre países. Observaciones
casuales muestran que ante estas situaciones las opiniones se
dividen y el resultado final del proceso se obtiene sin que antes
se haya logrado un consenso: típicamente, cualquier intento de
lograr uno termina con que insultos van y bolillazos vienen. (No
hace falta retroceder mucho en el tiempo para ver que Colombia
no es la excepción a este respecto.) Esto, a pesar de que otros
tipos de acuerdos de libre comercio abundan, sin que nadie se
oponga a ellos, y en particular sin que los opositores de los
TLC entre países lo hagan: carne de los llanos se consume en Boyacá,
de donde se "exporta" papa al Valle, que provee azucar y papel
"importados" por Antioquia, en donde se fabrican lindos textiles
apreciados por las modistas de Villavicencio. Ejemplos pueden
repetirse a nivel de ciudades, de comunidades de una ciudad o
de familias de una comunidad. Acuerdos implícitos de libre comercio
están a la orden del día aunque, al parecer, cuando se trata de
libre comercio entre países sí se observa oposición ideológica.
En esta nota se presentan de manera breve las lecciones que a
propósito de los TLC pueden extraerse de la teoría más básica
del equilibrio general competitivo. La nota dista de ser un intento
de contribuir a la teoría económica del comercio exterior (o del
equilibrio competitivo) y su objetivo es simplemente llamar la
atención del lector acerca de lo que ese modelo básico, que todo
economista aprende a mediados de su carrera, con gusto o sin él,
puede decir acerca de un TLC. El propósito de la nota no es el
de hacer una defensa de los TLC, sino simplemente el de ilustrar
las implicaciones del modelo de equilibrio competitivo, en su
versión más simple. Así, para aquellos lectores que sientan simpatía
intelectual por el modelo de equilibrio general, esta nota servirá
para que puedan argumentar las bondades de un TLC. Por otra parte,
para aquellos que estén convencidos de lo perverso que es un TLC,
la nota servirá como base para desacreditar el modelo competitivo.
La nota
carece de un carácter técnico formal y se basa en la más sencilla
de las versiones del modelo de equilibrio general: economías de
intercambio estáticas, bajo certidumbre, y en las que hay números
finitos de personas y bienes. Sólo al final de la nota se utiliza
un resultado que puede resultar novedoso a lectores que no hayan
estudiado a profundidad el modelo competitivo.
Definamos por sociedad un grupo de personas, cada una de las cuales
está caracterizada por unos gustos y una riqueza, representada
esta última por una dotación de cada uno de los bienes que existen.
En términos de comportamiento, suponemos que cuando un agente
acude al mercado, toma los precios como un dato que no puede afectar
y actúa según sus gustos, tomando como restricción el valor de
su riqueza. En términos de instituciones, lo que estamos suponiendo
aquí es: (i) derechos de propiedad bien establecidos (porque cada
agente tiene bien definida su riqueza); (ii) no bancarrota (por
que los agentes siempre tendrán riquezas que permitan la factibilidad
de al menos una canasta de bienes); y (iii) mercados competitivos.
Una economía se define por una sociedad y por la definición de
sus miembros. Dado que nuestro interés está en temas de comercio
exterior, supongamos que hay dos economías que satisfacen nuestros
supuestos anteriores y que (sin que para ello podamos dar una
explicación) inicialmente se encuentran en mutuo aislamiento comercial
(autarquía). Institucionalmente, debemos suponer que es inicialmente
imposible para cada persona hacer intercambio con miembros de
la otra sociedad. Para ello, debemos explícitamente requerir que
las sociedades respectivas sean conjuntos disyuntos (es decir,
institucionalmente, eliminar los contrabandistas).
Supongamos que ambas economías se encuentran en sus equilibrios
competitivos de autarquía, definidos de la forma habitual. A partir
de esta situación, supongamos que alguien plantea la posibilidad
de permitir libre comercio entre las dos sociedades (un TLC) y
hagámonos las siguientes cuatro preguntas:
-
¿Será posible que la humanidad entera, es decir la unión de
las dos sociedades, unánimemente se oponga al TLC?
-
¿Será
posible que una de las sociedades unánimemente se oponga al
TLC?
-
¿Será
posible, por medio de la implementación de políticas, convencer
a la humanidad entera de que el TLC es beneficioso?
-
¿Será
posible lograr el anterior consenso sin que ningún país tenga
que transferir parte de su riqueza al otro y sin suponer que
se conoce información implausible?
Afortunadamente,
resultados bien conocidos en la teoría del equilibrio general
competitivo nos van a permitir responder las cuatro preguntas.
Si estamos dispuestos a hacer el análisis un poco más complejo,
podremos además respondernos (aunque de manera un poco menos definitiva)
la siguiente pregunta: ¿Qué tan importante será para estas personas
la posibilidad de que se les permita comerciar mutuamente?
Para las cuatro primeras preguntas es suficiente con que el lector
recuerde los dos teoremas fundamentales de la economía del bienestar.
La última respuesta requerirá un poco de análisis (topología)
diferencial.
1. ¿Será posible
que la humanidad entera unánimemente se oponga al TLC? En otras
palabras, ¿será posible que en las dos sociedades todos sus miembros
se convenzan de que un TLC les perjudicará en comparación con
el bienestar que obtiene cada uno en autarquía? Si suponemos que
los agentes no se "cansan" de consumir, en el sentido de que en
ausencia de restricciones de gasto ellos encontrarían una canasta
de bienes que los satisficiera plenamente , la respuesta es no:
al menos una persona en alguna de las sociedades va a encontrar
que el TLC le resulta beneficioso. La razón es simple: bajo nuestros
supuestos, el primer teorema fundamental de economía del bienestar
garantiza que la asignación que la economía mundial obtendría
bajo TLC es eficiente en el sentido de Pareto, lo cual significa
que es imposible argumentar que el las asignaciones de autarquía
todos los individuos se encuentren mejor que bajo TLC. Es posible,
obviamente, que algunos estén mejor en autarquía que en TLC, pero,
de ser así, también, necesariamente, habrá alguien que estará
peor en autarquía.
2. Muy bien, puede que la humanidad entera no se oponga al TLC,
pero ¿será posible que todos los miembros de una de las dos sociedades
si lo hagan? Es decir, nuestra segunda pregunta: ¿será posible
que una de las sociedades unánimemente se oponga al TLC? Bajo
el mismo supuesto con el que respondimos la primera pregunta la
respuesta es una vez más negativa. Crudamente, el primer teorema
fundamental de economía del bienestar no es más que un corolario
de un teorema más potente (y, por ende, éste sí fundamental) que
asegura que bajo nuestros supuestos la asignación que resultará
del equilibrio competitivo bajo TLC pertenece al núcleo de la
economía mundial. En palabras, esto quiere decir que a partir
de dicha asignación será imposible que cualquier individuo o grupo
de individuos se aisle del intercambio y reasigne los recursos
que le pertenecen de forma tal que todos sus miembros se favorezcan.
En particular, es imposible que una de las sociedades se aísle
del TLC y reasigne su riqueza (vía mercados competitivos o por
cualquier otro mecanismo factible) sin que alguno de sus miembros
pierda. Así, ante cualquier política comercial-distributiva que
se presente como alternativa al TLC (autarquía siendo sólo una
posibilidad), siempre aparecerá en la sociedad alguien que vote
por el TLC.
3. Lo que hemos dicho parece sugerir que con un TLC necesariamente
habrá ganadores. Pero, como probablemente también habrá perdedores,
¿estamos implicando que el disenso social a propósito de la conveniencia
de un TLC (el fenómeno insulto/bolillazo) es un resultado natural
e inevitable? Puesto de otra forma, ¿será posible convencer a
la humanidad entera de que el TLC es beneficioso? Esta pregunta
es un poco más complicada. Si suponemos que los agentes tienen
todos riquezas iniciales positivas y que prefieren consumir canastas
balanceadas, es decir que contienen cantidades medias de todos
los bienes, en lugar de desbalanceadas, que contienen mucho de
algunos bienes y muy poco de otros, la respuesta es sí, si se
implementan políticas adecuadas. Veamos: supongamos el siguiente
ejercicio: (i) tomamos un sujeto cualquiera y escogemos una asignación
mundial de consumo, buscando para él la canasta que más lo satisfaría,
sujeto únicamente a que ninguna otra persona se encuentre peor
que en autarquía y a que no se pretenda consumir más que lo que
la humanidad tiene disponible; (ii) luego tomamos una persona
diferente y buscamos otra asignación mundial, tratando de satisfacerla
al máximo y sujetos a la restricción de recursos, a no perjudicar
a la persona que habíamos beneficiado anteriormente y a que ninguno
de los demás pierda en comparación con su bienestar de autarquía;
(iii) y así sucesivamente, buscamos maximizar la satisfacción
de alguien, sin perjudicar a quienes hemos favorecido anteriormente
ni a las demás personas en relación con su situación de autarquía,
hasta resolver el problema para todos los agentes. El resultado
del último problema nos dará una asignación mundial que cumple
con dos características: en ella ningún agente se encuentra peor
que lo que estaría en autarquía y es una asignación que es eficiente
en el sentido de Pareto. Entonces, dado nuestros supuestos, por
el segundo teorema fundamental de economía del bienestar podemos
garantizar que existe una política fiscal mundial balanceada (es
decir, una política de impuestos y subsudios entre todos los agentes
de la humanidad, que no genera déficit fiscal) que, si es implementada
antes de que se abra el comercio internacional, permitirá que,
en equilibrio, se obtenga la asignación que encontramos anteriormente.
En efecto, el segundo teorema fundamental garantiza que para cualquier
asignación eficiente existirá una política de redistribución de
la riqueza inicial tal que, de ser implementada, llevará a que
el resultado del intercambio por medio de mercados competitivos
sea la asignación predeterminada. Es decir, si acompañamos la
discusión del TLC de la propuesta fiscal adecuada, podremos garantizar
que nadie se oponga al TLC, ya que, bajo dicha propuesta, nadie
va a perder con el libre comercio.
4. Bueno, pero la anterior respuesta tiene dos problemas: (i)
para poder encontrar la asignación eficiente (es decir para resolver
la secuencia de problemas planteada), uno necesitaría conocer
las preferencias de todos los agentes, algo que no es posible;
y (ii) aun si conociéramos la asignación eficiente resultante,
el hecho de que la política fiscal sea balanceada a nivel mundial
no implica que también lo sea a nivel de cada sociedad, en cuyo
caso uno podría argumentar que los miembros de la sociedad que
hace una transferencia de riqueza se opongan en general a la propuesta.
Una pregunta más interesante sería, ¿será posible convencer a
la humanidad entera de que el TLC es beneficioso, sin que ningún
país tenga que transferir parte de su riqueza al otro y sin suponer
que se conoce información que es, en realidad, imposible de obtener?
Vayamos por partes. Es cierto que suponer el conocimiento de las
preferencias es suponer demasiado. Cómo respondamos esta pregunta
y, de hecho, si podemos o no responderla depende de cuánta información
podamos suponer conocida. Si suponemos que ninguna información
a nivel del individuo está disponible, la teoría económica no
nos permite responder la pregunta. Ahora, si suponemos que al
menos es posible conocer lo que serían las asignaciones mundiales
de autarquía, la respuesta a la pregunta es de nuevo afirmativa.
Simplemente suponga la siguiente política fiscal al interior de
cada sociedad y previa a la puesta en marcha del TLC: se impone
un impuesto total a la riqueza inicial de todos los agentes y
se les hacen transferencias individuales equivalentes a lo que
sería su canasta de consumo en autarquía. Luego de ello, se abre
el TLC. Bajo nuestros supuestos, la información para dicha política
está disponible de manera inmediata, la política es balanceada
para cada sociedad y, de hecho, nadie se opone a su implementación
(más allá de si el TLC se implementa posteriormente o no), puesto
que a cambio del impuesto los agentes reciben una canasta que
les gusta más que su dotación inicial y que es tan lo que hubieran
conseguido en el mercado de todos modos. Luego abrimos el TLC
y los agentes, por medio del comercio, se aseguran una canasta
que es aun mejor que la que habían recibido como resultado de
la política fiscal, que es la de autarquía! Todos ganan, puede
hacerse y no genera desbalances fiscales! .
Las anteriores respuestas provienen
todas de lo que se denomina el análisis normativo de la teoría
del equilibrio general. Quizás sea algo sorprendente que un resultado
del análisis positivo de dicha teoría sirva también para analizar
la importancia o conveniencia del libre comercio. En este análisis
positivo, evitamos imponer nuestro criterio acerca de lo que es
bueno para los miembros de una sociedad y reemplazamos ese juicio
por un criterio mucho más pragmático: simplemente observamos qué
hacen los agentes cuando se les permite tomar decisiones. Desde
el punto de vista positivo, preguntémonos entonces lo siguiente:
si permitiésemos un TLC, ¿qué tan probable será que, como resultado
de sus decisiones individuales, se encuentre que no se produce
comercio internacional alguno? La respuesta aquí es casi tan contundente
como antes: si suponemos que los agentes tienen preferencias "suaves"
, es muy poco probable que, pudiendo comerciar internacionalmente,
los agentes de una sociedad decidan no hacerlo . Resultados un
poco más complicados de la teoría del equilibrio general demuestran
que, en general, cuando los agentes tienen la posibilidad de comerciar
deciden hacerlo: genéricamente , en el equilibrio competitivo
todos los agentes deciden comerciar en todos los bienes (en lugar
de simplemente consumir lo que tienen de dotación). No es más
complicado demostrar que en un espacio al menos tan grande de
economías, si consideramos el agregado de las sociedades, en el
equilibrio de TLC se producirá intercambio internacional en todos
los bienes, y en uno aun más grande se producirá intercambio internacional
en al menos uno (dos) de los bienes . Sin consideraciones normativas,
el resultado quiere decir que, en efecto, el comercio internacional
es parte importante de la actividad económica (generalmente).
Si estamos dispuestos a introducir una vez más un análisis normativo
(el criterio del núcleo), el resultado puede ponerse de manera
algo caricaturesca: las economías en las que los opositores de
los TLC tienen razón (a la luz del modelo simple de equilibrio
general) son bien escasas: casi en todas las economías, cuando
hay la posibilidad de comerciar internacionalmente los agentes
lo hacen, y si los agentes lo hacen no debe ser porque eso los
perjudica...
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