Uno de los
puntos controvertidos del Referendo era la congelación de salarios
para el sector público dependiendo del nivel de sueldo del funcionario.
Recientemente, se ha presentado ante la mesa económica el boceto
de lo que sería la política salarial, reviviendo la discusión
desatada por el citado punto. La idea consiste en que exista la
posibilidad de reducir en términos reales el salario de los empleados
públicos (incrementos por debajo de la inflación) ante eventuales
crisis económicas y especialmente problemas de las finanzas públicas.
La justificación a la anterior propuesta se basa en la necesidad
de un ajuste fiscal y a primera vista pareciera una razón más
que válida. Intentaremos en las líneas que siguen aportar algunos
elementos a la discusión.
Se dice que todos deben poner una cuota de esfuerzo para que el
país salga avante de sus problemas de presupuesto, no obstante,
el sector público no equivale a "todos" por lo cual esta medida
representará cambios en su posición salarial frente al sector
privado.
Estas políticas encuentran respaldo porque bajo un análisis apresurado
parecen ser muy convenientes. Si se presentara la propuesta de,
por ejemplo, bajar los salarios de los congresistas, la mayor
parte de la opinión pública estaría de acuerdo, ya que como se
escucha a menudo, los niveles de corrupción e ineficiencia no
justifican dicha remuneración. Esa es una visión limitada de la
situación. ¿Qué hay si en lugar de ello, se ajustan o equiparan
a lo que está pagando el mercado?
Piense en dos individuos altamente calificados, uno totalmente
honesto y otro menos correcto. Los dos encuentran una convocatoria
para ocupar un cargo como funcionario público en determinada entidad.
No les será difícil descubrir que, dada su capacidad técnica,
obtendrían mejores ingresos en una empresa privada. Nuestro primer
individuo desistirá de tomar la opción bajo el criterio de que
la asignación salarial ofrecida es baja. No ocurrirá igual con
el segundo individuo quien incluye en sus cuentas "beneficios
adicionales" que podrá obtener, no muy decorosamente, haciendo
uso de los privilegios de su cargo a favor de intereses particulares
y en detrimento del bienestar social.
La idea del anterior ejemplo no es afirmar que si un funcionario
acepta un salario bajo implica que sea deshonesto, sino más bien,
se intenta resaltar la importancia que tiene el salario para el
empleado, adicional a su realización personal por cumplir con
un trabajo eficiente y técnicamente bien hecho.
El conducir los salarios de los funcionarios públicos a niveles
inferiores a los del mercado es, contrario a lo que se piensa,
una forma de aumentar los incentivos para la propagación de la
corrupción y la ineficiencia. No es realmente una solución de
largo plazo al problema fiscal por cuanto se sabe que si algo
golpea a la economía colombiana, además de los problemas de orden
público, es la corrupción administrativa. De esta manera, se cae
en el círculo de lo que llaman los economistas "selección adversa":
a menor salario se tendrán más corruptos en el sector público,
personal técnico menos capacitado con mayor probabilidad de error
en las políticas económicas y entonces, la situación fiscal será
peor y habrá que bajar nuevamente los salarios, repitiéndose el
ciclo.
Ofrecer salarios inferiores a los de mercado es colocar al sector
público como receptor residual, en el sentido de que recibirá
en mayor parte a aquellos que no tuvieron acceso a un empleo en
el sector privado y obviamente este último se seguirá quedando
con las personas más competentes. Así mismo, los jóvenes tendrían
menos incentivos para formarse en carreras encauzadas hacia el
sector público e igual pasaría con la orientación de los programas
ofrecidos por las universidades.
Si en cambio el sector público cuenta con salarios competitivos,
las personas altamente calificadas del sector privado, que aspiran
nada más que a un salario de mercado, tendrán incentivos para
trabajar en el sector público, compitiendo con aquellas que pretenden
otro tipo de "ganancias".
Ese es un buen golpe a la corrupción y una mejor solución de largo
plazo para el problema fiscal.
Con salarios públicos muy inferiores a los del mercado, nos quedaría
entonces confiar en el espíritu altruista de aquellos funcionarios
públicos que están dispuestos a sacrificar la posibilidad de mejores
ingresos con el fin de beneficiar a su patria. Lamentablemente,
los altos índices de corrupción permiten concluir que de esos
no quedan muchos. Aunque el mundo sería mejor si estuviera lleno
de ese tipo de personas, no por ello obra mal o deja de ser honesto
quien aspira a un mejor salario.
Con salarios inferiores al mercado, ¿cuál será el perfil de los
funcionarios públicos de altos cargos en el futuro? una posibilidad
es que sean personajes adinerados, que no necesitan de su salario
para vivir, y que estarán en dichos cargos por anhelos de poder
o por conseguir beneficios poco honorables. También podría tratarse
de personal técnicamente calificado que favorece intereses de
grandes conglomerados como medio de inversión ante una futura
oferta de trabajo. Por su parte, los funcionarios de menor rango
serán individuos desmotivados, que por su especialización técnica
o bajo rendimiento, temen buscar o no encuentran trabajo en el
sector privado.
Una situación diferente y más eficiente es que se fijen reglas
claras en las normas que rigen las asignaciones salariales de
los funcionarios públicos. Que sean homogéneas y transparentes
con el fin de que se pueda hacer de ellas un seguimiento sin obstáculo
alguno. Que acaben con todo tipo de rentas extrasalariales que
generan confusión y que facilitan excesos. Medidas que eliminen
las diferencias entre los empleados de distintas entidades oficiales
y que ello implique uniformidad salarial de acuerdo a las características
y exigencias del cargo. Normas que flexibilicen el mercado laboral
público, de tal suerte que se pueda prescindir o atraer trabajadores
según su desempeño técnico. Procedimientos que permitan detectar
los niveles salariales en los cuales se está pagando por encima
del mercado con el objeto de hacer los ajustes respectivos. Pero
al mismo tiempo, que los ingresos que perciban compitan con los
del sector privado.
Por otra parte, la reestructuración de entidades también debe
ser prioritaria. Ante el tamaño actual del Estado, si se establece
una estructura adecuada, con la cantidad óptima de empleados y
salarios competitivos, el recorte de personal será una consecuencia
inevitable.
Conseguir mayor eficiencia y productividad aunque a veces parezca
doloroso conlleva también el hecho de que un trabajador haga ahora
lo que antes hacían dos. Nadie pretende cerrar los ojos ante el
padecimiento que trae a cada familia el despido de quien soporta
sus gastos, pero quienes rechazan precipitadamente cualquier posibilidad
de despido olvidan el costo que deben soportar no unas, sino todas
las familias colombianas al sostener a un sector público que hace
el mismo trabajo que podrían hacer menos personas, esto es, pagamos
impuestos para mantener a quienes hacen pero también a otros que
hacen poco o nada.
La ineficiencia administrativa tiene un costo y la prolongación
de un recorte aunque en el corto plazo parezca conveniente, terminará
por convertirse en la necesidad de un recorte mayor en el futuro.
Una vez establecida la organización apropiada para que el Estado
cumpla eficazmente sus funciones, cada peso en que se aumente
su tamaño es, prácticamente, un peso perdido. En lugar de esto,
aquel puede destinarse a actividades más productivas que finalmente
generarán un país más rico y, consecuentemente, más empleos de
los que se están suprimiendo. No obstante, el mayor beneficio
para la economía será el clima generado por un sector público
eficiente.
La difícil situación fiscal no se resolverá de la noche a la mañana,
pero podemos estar seguros que será más fácil resolverla en una
economía donde los recursos se asignan eficientemente. En este
contexto, un ajuste fiscal se debe iniciar estableciendo prioridades
de gasto, definiendo las tareas estrictamente necesarias a cumplir
por parte del Estado. En otras palabras, calcular el presupuesto
que se tiene, y en orden de prioridades, definir para qué alcanza.
Una vez definido, se deben hacer bien, con el personal mínimo
necesario, pero eso sí, con funcionarios eficientes y bien remunerados
que no den lugar a las multimillonarias pérdidas por corrupción
y por demandas a las que se ve abocado actualmente el estado colombiano.
En ese orden de ideas, también debe apoyarse toda acción tomada
con el fin de reducir la impunidad de los detractores del erario
público.