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Varias empresas
colombianas de gran solidez -que tienen como requisito de enganche
laboral acreditar el cartón de bachiller o niveles superiores
de educación- han hecho exámenes de comprensión de lectura y cálculo
matemático a sus empleados. La primera fue Carvajal y Compañía
hace ya dos décadas. Todas ellas han descubierto que de cada 100
trabajadores, más de 70 son incapaces de comprender satisfactoriamente
instrucciones escritas simples y estrictamente relacionadas con
su puesto de trabajo o con la máquina que operan. Han encontrado
que un porcentaje aún más elevado carece de capacidad para resolver
mediante una regla de tres el más simple problema matemático relacionado
con su quehacer: "si para confeccionar 36 metros de tela son necesarios
12 carretes de hilo, calcule cuántos carretes se necesitan para
60 metros". Y han constatado también que más del 80% de los ejecutivos
con nivel profesional es incapaz de redactar, con pleno sentido
y sin errores gramaticales, un memorando sobre asuntos de su competencia.
¿Escogieron mal a sus empleados? No. En realidad son afortunadas.
La situación es aún peor para el promedio de la población colombiana.
Repasemos las datos oficiales sobre la educación. Pero tengamos
en cuenta una precisión metodológica: las estadísticas educativas
suelen tener carácter escalonado: toman inicialmente toda la población
en edad escolar y registran cuántos entran a la escuela, de los
que entraron miran cuántos terminan primaria, de los que terminaron
primaria calculan cuantos entran a secundaria y así sucesivamente.
Ello quiere decir que reducen gradualmente el denominador (es
decir el grupo de referencia), de tal modo que dan cuenta de lo
que pasa en cada grupo específico pero pierden el conjunto de
toda la población.
Si examinamos las estadísticas gubernamentales tomando como único
denominador el total de la población en edad escolar, podemos
entonces constatar realidades sobre la educación que tiene el
conjunto de los niños y niñas de Colombia. Se observa así que
hoy, en pleno Siglo XXI, de cada 100 niños y niñas colombianos
entre 6 y 18 años,
-
20 jamás entran a la escuela.
-
40
(casi la mitad) jamás entran a la secundaria.
-
70
jamás terminan el bachillerado (los que nunca entraron y los
que se quedan en el camino por diversas razones).
Al mirar la
calidad, se descubre que de cada 100 niños y niñas en edad escolar,
-
85
son o serán analfabetas funcionales, por no ser capaces de comprender
el significado básico de un texto y hacer inferencias y relaciones
a partir de lo leído.
-
85
no saben ni aprenderán matemáticas elementales, entendidas como
la capacidad para plantear una regla de tres y manejar fracciones
y porcentajes.
-
99
no tienen comprensión crítica.
-
99
no tienen las capacidades matemáticas esperadas para un estudiante
de educación básica.
¿De dónde
sale ese 85% de niños colombianos que son o serán analfabetas
funcionales? Los resultados de las más recientes pruebas nacionales
de calidad nos dicen que 64% de los estudiantes de 9º grado tuvieron
una educación que no les garantizó los logros básicos de lenguaje
(comprender, inferir y relacionar). Pero a 9º grado llega menos
de la mitad de todos los niños y niñas de Colombia, de modo que
si sumamos aquellos que no llegan con los que llegan pero no aprendieron
bien, se comprueba que nuestro sistema educativo está produciendo
cerca de 85% de analfabetismo funcional. Las pruebas parecen mostrar,
además, que el problema tiende a agravarse, pues los logros en
los grados 3º, 5º y 7º son aún peores.
La situación es más preocupante al considerar que solo 2% de los
estudiantes de 9º grado (menos de 1% de la población en edad escolar)
tiene comprensión crítica de lo que lee, o sea, habilidad para
percibir puntos de vista, sacar conclusiones y hacer hipótesis.
Con el mismo método se constata que de cada 100 niños y adolescentes
colombianos, 85 no tienen o no tendrán las bases elementales del
pensamiento matemático requeridas para descubrir relaciones entre
conceptos y definir consistentemente estrategias de solución de
problemas. La construcción personal y el desarrollo social exigen
aptitudes, habilidades y conocimientos matemáticos aún mayores,
relacionados con poder descubrir soluciones para problemas de
mediana complejidad --tal como se prevé en el currículo educativo
vigente--, pero menos del 1% de todos nuestros niños y niñas los
logra. En algunos países, en cambio, los logra el 90%.
La lecto-escritura y las matemáticas son requerimientos básicos
de la productividad. Con estos resultados educativos ¿podremos
crecer sostenidamente la economía e insertarnos adecuadamente
en el mundo global?
Pero, lo que es aún más importante, la lecto-escritura y las matemáticas
desarrollan la capacidad para entender, argumentar, criticar y
proponer soluciones racionalmente. Con estos resultados ¿podrá
la razón primar sobre la fuerza?
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